Parece mentira lo que una ciudad gigante, cosmopolita, caótica, abrumadora, ecléctica como Sydney, puede revelarte mientras vas caminando, sin ni siquiera hacer el esfuerzo de encontrar.
La semana pasada fui a una cita para sacar mi visa americana y aproveché para quedarme 3 días. Me hospedé en un hotel que resultó ser el Club Masónico del estado y estaba literalmente ubicado, en el centro de la ciudad. Debió ser una decisión masónica en 1920, cuando lo construyeron.
Por coincidencia, Sydney estaba de fiesta; todo el mes de enero, se estaba celebrando el famoso Festival de Sydney; todas las esquinas estaban decoradas con banderas y banderines fucsias con letras blancas que, en contraste con los parques llenos de verde, se veían espectaculares.
Caminé de museo en museo, todos tenían entrada libre, por el festival. Vi una exposición de las mejores fotografías de vida silvestre del 2006 en el Australian Museum, una gran exposición en homenaje a la Gran Muralla China en el Powerhouse Museum y varias alucinantes de arte aborigen. Llegaba al hotel extenuada pero llena de ideas que me desvelaron varias horas.
La segunda tarde de mi visita, mientras subía las pequeñas escaleras que te llevan hasta los ventanales del Sydney Opera House, me di cuenta, inevitablemente, de un mega barco anclado en la toda la bahía de Circular Quay: era el Queen Elizabeth II, el barco más grande del mundo. Con razón había tanta gente por las calles.
El úlltimo día decidí no sacar la cámara porque quería caminar ligero. Me fui al barrio más antiguo: The Rocks, detrás del Museo de Arte Contemporáneo y al pie del Harbour Bridge. Me llevó hasta allá una exposición de fotografía del Congo que estaba promoviendo la organización francesa “Médicos Sin Fronteras”.
Yo conocía poco de esta organización, la información más cercana la tenía por Juan Carlos Gonzalez, su pareja trabaja para ellos y hace más de un año había estado en Ecuador liderando un proyecto de educación en nuestros barrios marginales.
MSF resultó ser la organización social más sólida del mundo, pues el 85% de su ingreso llega de donaciones privadas. El gobierno aporta con el resto. Médicos sin fronteras está en los países con problemas más críticos, por la guerra, enfermedades y desastres naturales. Tiene a 20.000 personas en el campo de acción, entre ellos médicos, enfermeras, educadores, administrativos y voluntarios. En 1999 recibió el Premio Noble por la paz.
La exposición fotográfica me dejó en silencio por horas; hubo videos, testimoniales, fotos en blanco y negro y color que hablaban de desnutrición, prostitución, HIV, malaria, tuberculosis y asaltos sexuales a mujeres entre los 8 meses y los 80 años… quién se imaginaría que entre tanto edificio, tanta belleza y tanta publicidad enloqueciéndote por consumir, de pronto abro bien los ojos, y me encuentro con que el mundo real es otro, donde hay millones de personas que no van a llegar a los 43 años, millones de niños que mueren por desnutrición cada año, que por cada 10 personas, 1 está infectada de HIV, que existe un desempleo del 85% y lo peor de todo, que están en guerra desde siempre.
Salí de esa exposición y me topé con un mercado maravilloso lleno de fotos, artesanías, cremas que lo curan todo y souvenirs, mientras sonaba una música familiar a mis oídos: era una casa-café irlandesa! Entré y estaba llena de fotos de puertas de casas irlandesas, paisajes, gente y enseguida reconfirmé que debí haber vivido en ese lugar en otra vida.
Me encantó The Rocks, era como estar en el pasado, además el ambiente era todo bohemio, con pequeños bares y cafés, con calles empedradas y faroles. Me despedí de ese espacio medieval, entrando a una galería de arte que tenía una muestra temporal de dibujos hechos por Nelson Mandela que costaban de $10.000 para arriba, y 27 posters de una fotografía genial de él. Cada poster representada 1 año de su vida en la cárcel. El dinero a recaudar, era para propósitos humanitarios en Africa.
Me hizo tan bien ese ojo de Sydney, porque no sólo recordé y acepté (una vez más), que hay todo más allá de lo que uno vive en su cotidianidad, sino que me ha hecho sentir que no soy ajena a la tragedia para nada; en efecto me sentí tan vulnerable, que me regresa al principio de no desear demasiado, de vivir sencillo, de no tener miedo de dar, compartir.
El ojo de Sydney me hizo reafirmar mi teoría de que regalar lo que tenemos es el gesto más puro que puede haber, aunque nos quedemos con la sensación de haber perdido algo y lo extrañemos; no importa. Extrañar es perfecto, si lo que dejamos, lo dejamos con quien debe estar.
La semana pasada fui a una cita para sacar mi visa americana y aproveché para quedarme 3 días. Me hospedé en un hotel que resultó ser el Club Masónico del estado y estaba literalmente ubicado, en el centro de la ciudad. Debió ser una decisión masónica en 1920, cuando lo construyeron.
Por coincidencia, Sydney estaba de fiesta; todo el mes de enero, se estaba celebrando el famoso Festival de Sydney; todas las esquinas estaban decoradas con banderas y banderines fucsias con letras blancas que, en contraste con los parques llenos de verde, se veían espectaculares.
Caminé de museo en museo, todos tenían entrada libre, por el festival. Vi una exposición de las mejores fotografías de vida silvestre del 2006 en el Australian Museum, una gran exposición en homenaje a la Gran Muralla China en el Powerhouse Museum y varias alucinantes de arte aborigen. Llegaba al hotel extenuada pero llena de ideas que me desvelaron varias horas.
La segunda tarde de mi visita, mientras subía las pequeñas escaleras que te llevan hasta los ventanales del Sydney Opera House, me di cuenta, inevitablemente, de un mega barco anclado en la toda la bahía de Circular Quay: era el Queen Elizabeth II, el barco más grande del mundo. Con razón había tanta gente por las calles.
El úlltimo día decidí no sacar la cámara porque quería caminar ligero. Me fui al barrio más antiguo: The Rocks, detrás del Museo de Arte Contemporáneo y al pie del Harbour Bridge. Me llevó hasta allá una exposición de fotografía del Congo que estaba promoviendo la organización francesa “Médicos Sin Fronteras”.
Yo conocía poco de esta organización, la información más cercana la tenía por Juan Carlos Gonzalez, su pareja trabaja para ellos y hace más de un año había estado en Ecuador liderando un proyecto de educación en nuestros barrios marginales.
MSF resultó ser la organización social más sólida del mundo, pues el 85% de su ingreso llega de donaciones privadas. El gobierno aporta con el resto. Médicos sin fronteras está en los países con problemas más críticos, por la guerra, enfermedades y desastres naturales. Tiene a 20.000 personas en el campo de acción, entre ellos médicos, enfermeras, educadores, administrativos y voluntarios. En 1999 recibió el Premio Noble por la paz.
La exposición fotográfica me dejó en silencio por horas; hubo videos, testimoniales, fotos en blanco y negro y color que hablaban de desnutrición, prostitución, HIV, malaria, tuberculosis y asaltos sexuales a mujeres entre los 8 meses y los 80 años… quién se imaginaría que entre tanto edificio, tanta belleza y tanta publicidad enloqueciéndote por consumir, de pronto abro bien los ojos, y me encuentro con que el mundo real es otro, donde hay millones de personas que no van a llegar a los 43 años, millones de niños que mueren por desnutrición cada año, que por cada 10 personas, 1 está infectada de HIV, que existe un desempleo del 85% y lo peor de todo, que están en guerra desde siempre.
Salí de esa exposición y me topé con un mercado maravilloso lleno de fotos, artesanías, cremas que lo curan todo y souvenirs, mientras sonaba una música familiar a mis oídos: era una casa-café irlandesa! Entré y estaba llena de fotos de puertas de casas irlandesas, paisajes, gente y enseguida reconfirmé que debí haber vivido en ese lugar en otra vida.
Me encantó The Rocks, era como estar en el pasado, además el ambiente era todo bohemio, con pequeños bares y cafés, con calles empedradas y faroles. Me despedí de ese espacio medieval, entrando a una galería de arte que tenía una muestra temporal de dibujos hechos por Nelson Mandela que costaban de $10.000 para arriba, y 27 posters de una fotografía genial de él. Cada poster representada 1 año de su vida en la cárcel. El dinero a recaudar, era para propósitos humanitarios en Africa.
Me hizo tan bien ese ojo de Sydney, porque no sólo recordé y acepté (una vez más), que hay todo más allá de lo que uno vive en su cotidianidad, sino que me ha hecho sentir que no soy ajena a la tragedia para nada; en efecto me sentí tan vulnerable, que me regresa al principio de no desear demasiado, de vivir sencillo, de no tener miedo de dar, compartir.
El ojo de Sydney me hizo reafirmar mi teoría de que regalar lo que tenemos es el gesto más puro que puede haber, aunque nos quedemos con la sensación de haber perdido algo y lo extrañemos; no importa. Extrañar es perfecto, si lo que dejamos, lo dejamos con quien debe estar.
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